Circo y artes plásticas

Parámetros y reflexiones
Del final del siglo XIX a la primera década del siglo XXI

por Marjorie Micucci

 

¿Por qué pensar al circo como motivo? ¿De qué manera es el circo motivo y espacio pictórico? ¿Qué figuras centrales – codificadas – se encuentran allí?, ¿cuáles son los decorados identificados y definidos en una atemporalidad inédita y singular, qué espacios del circo (la pista, el círculo cerrado, el desfile, popular y heteróclito, cuyo origen es el desfile militar) han atraído, seducido, fascinado a los artistas (desde los pintores a los escultores, de los fotógrafos a los videastas, a los performers), desde la segunda mitad del siglo XIX hasta principios del siglo XXI? Motivo pictórico que tuvo períodos de abandono o de cierto desinterés – el período de los años cuarenta –, o en los años 1950-1970, por supuesto, con matices que precisaremos, donde los artistas mostraron cierta empatía e identificación. Esta empatía y esta identificación que llevaron a Jean Starobinski a los análisis críticos de representación social y estética del magnífico ensayo que fue Portrait de l’artiste en saltimbanque (Éditions Skira, Genève, 1970, reeditado en 2004 en las Ediciones Gallimard, colección « art et artistes », obra que fue también punto de apoyo de una de las raras exposiciones francesas de envergadura, consagradas a esta relación entre mundo circense y universos plásticos, « La Grande Parade, portrait de l’artiste en clown », en el Grand Palais, de marzo a junio de 2004, bajo la curaduría, entre otros, de Jean Clair. Citaremos también otra exposición organizada el mismo año, por el museo de la Chartreuse, en Douai, « Au cirque : le peintre et le saltimbanque », curaduría de su conservadora principal, Françoise Baligand. 

El circo en el espejo de las vanguardias y experimentaciones artísticas

¿Pues entonces, qué es lo que el circo, a partir de su creación (en 1768, en Inglaterra, cerca de Londres) y su extensión y renombre creciente (en Francia, a mediados del siglo XIX), “da” a los artistas y a qué artistas? Y esto desde un enfoque realista, alegórico o simbólico. ¿Y qué es lo que los artistas “hacen” al circo y del circo, como sus principales protagonistas, como sus figuras recurrentes, estilísticas o coreográficas que juegan en el espacio con los oxímoros del equilibrio y el desequilibrio (incluso hasta el vértigo), qué hacen de la ligereza y de la gravedad, de la fijeza y del movimiento, de la alegría y de la tristeza, de la aparición y de la desaparición? ¿Qué hacen estos artistas en y por el gesto de creación y representación que es el suyo, con el (los) medio(s) que es/son suyo(s)? En un sobrevuelo, por supuesto, demasiado breve, parecería que este universo del circo encontró en cada período de la historia del arte reciente los movimientos o las corrientes artísticas más innovadores y más experimentales: desde un romanticismo que por la expresión de una nueva sensibilidad, rompió con la representación clásica, pasando por la modernidad de las vanguardias del final del siglo XIX y del principio del siglo XX, hasta la época contemporánea y su problemática de género - y esto es quizá una hipótesis de trabajo: la de crear, a través de algunas obras contemporáneas, un vínculo entre figuras circenses y gender studies.

 

 

El circo y sus figuras serían este lugar al margen (lo que no significa que no sea un sitio codificado) a partir del cual la sociedad (en este caso moderna y occidental) se sueña, se observa, se preocupa, se disfraza, se divide, y se reinterpreta en un acto a la vez moderno y contemporáneo y no posmoderno de deconstrucción de las reglas sociales, ideológicas, sexuales y culturales. El mundo circense permitiría así a los artistas a la vez la construcción y la fragmentación de retratos y autorretratos, imbricando una narración dentro de otra y con el doble juego complejo de las reglas que se leen en espejo o en positivo/negativo.

El circo y sus protagonistas devienen nuevos espacios para el arte moderno

Quisiéramos tomar como hilo conductor, no tanto a Pablo Picasso - que tan asiduamente frecuentó en los años 1900-1920 al célebre circo parisino Medrano, instalado sobre el bulevar de Rochechouart, y que representó a arlequines [Arlequín, 1917, Museo Picasso, Barcelona; Portrait d’adolescent en Pierrot, 1922, Museo Picasso, París; Paul en Arlequín, 1924, Museo Picasso, París], acróbatas [Famille d’acrobates et singe, 1905, Gotemburgo Konstmuseum; L’Acrobate, 1930, Museo Picasso, París], malabaristas, amazonas (se destacará la importancia del telón de escenario que realizó en 1917 para el ballet Parade d’Erik Satie, actuado por les Ballets russes de Diaghilev en el Teatro du Châtelet, Rideau de scène pour le ballet Parade, 1917, Museo nacional de Arte moderno, Centre Pompidou, París] –, sino más bien al pintor americano Edward Hopper (1882-1967), con el cuadro Soir bleu (1914) [Whitney Museum of American Art, Nueva york] que representa un recuerdo nostálgico de sus estadías en Paris, y cuya figura central, frontal, es la del payaso blanco. Figura que parece servir de puente entre las modernidades pictóricas de los principios del siglo XX y las representaciones corrosivas, lúdicas, irónicas o desencantadas, o incluso que marcan un contrapunto grotesco de algunos artistas contemporáneos: Cindy Sherman1, Bruce Nauman2, Ugo Rondinone3, y quizás, la más cercana de la “figura-paisaje blanco” de Hopper, la artista americana Roni Horn con su serie dibujada y fotográfica Cabinet of (2001) [Hauser & Wirth Gallery, Nueva york-Londres-Zúrich].

 

 

En una suerte de genealogía común, podríamos, comenzar este recorrido visual recordando el retrato de pie, y en primer plano, del Gilles en el cuadro de Jean-Antoine Watteau, Pierrot, antes llamado Gilles (hacia 1718-1719) [Musée du Louvre, París], este personaje proveniente de la Commedia dell' arte y que se convertiría en esa figura inmóvil y melancólica, apartada de la vida y de la sociedad. Este Gilles de Watteau fue una de las fuentes del payaso triste, inmóvil de Hopper. El pintor americano que efectuó varias estancias en París entre 1906 y 1907, vivió al ritmo de la vida parisina de aquella época.
Iba al teatro, frecuentaba los lugares populares, esbozaba retratos de esta sociedad. Asimiló la lección de Courbet en su realismo pictórico y la de Degas en la elección de su motivo: esta vida parisina que fascina, hecha de fiestas, bohemia, novedades, distracciones, personajes de la vida moderna. En este panorama de los placeres, se halla el circo que los artistas, los escritores, los poetas no pueden ignorar. En Soir bleu, que pintó en 1914, de regreso a los Estados Unidos, Hopper presentó a esta sociedad parisina en una trazo oscilando entre realismo y simbolismo. El artista está presente, así como el militar, la prostituta, el proxeneta, una pareja de burgueses ligeramente asustada por estos mundos que se encuentran reunidos en el café.

Y luego está el payaso: clown blanco, payaso triste, “autorretrato travestido” del artista, este artista cuya condición – como lo destaca Jean Clair en su texto Parade et palingénésie, Du Cirque chez Picasso et quelques autres para el catálogo de la exposición « La Grande Parade » – se transformó en el siglo de la modernidad baudeleriana. El artista ya no dialoga con los poderosos, los soberanos, los prelados que le hacen encargos; está en el taller, abandonó la pintura o el retrato histórico, se pinta a sí mismo y se lo puede ver bajo los rasgos de este payaso que frecuenta los lugares de distracción que ofrece la sociedad moderna del siglo XIX. Hopper se inscribe en esta “tradición resultante de Baudelaire, Toulouse-Lautrec o Georges Rouault” e identifica al artista “con los marginales, los saltimbanquis y otras prostitutas” en Didier Ottinger, Le réalisme transcendantal d’Edward Hopper, catálogo de la exposición Hopper, Réunion des Musées nationaux, París, 2012).

El circo es sin duda un “espacio” de la vida moderna. Los artistas, poetas y novelistas se lo apropian, con las formas y los lenguajes corporales que este último libera, despliega y destapa. Se lo apropian los protagonistas, los de la pista y los de las gradas. Los de los márgenes y también aquel público anónimo que aparece entonces como un nuevo “motivo” – el espectador moderno –, esa muchedumbre democrática que surge, en el centro de una sociedad del entretenimiento naciente.

Las bodas fructíferas entre las formas circenses y el arte moderno

Desde los orígenes del circo, en especial en Francia, dondese abrieron los primeros establecimientos provisorios dedicados a los juegos ecuestres y al virtuosismo de los malabaristas, los volatineros y los acróbatas (en el 16 rue du Faubourg-du-Temple, Picadero Inglés, el 5 de julio de 1782, substituida el 16 de octubre de 1783 por el “Amphithéâtre Anglois des Sieurs Astley père et fils”), luego en abril de 1807 (con el Théâtre Cirque Olympique de Franconi de la rue du Mont-Thabor), se puede establecer una simultaneidad entre la aparición y el desarrollo de estos nuevos sitios y nuevas formas de espectáculo y cierta sensibilidad romántica que prosperaba entonces.

Esta concomitancia se afirmó bajo el Segundo Imperio. La segunda mitad del siglo XIX fue marcada por la construcción de una serie de edificios perennes: el Cirque d’Été (llamado Circo de la Emperatriz hasta la caída del Imperio) sobre los Campos Elíseos en 1841, el Cirque d’Hiver (llamado originariamente Circo Napoleón) en diciembre de 1852, sobre el bulevar des Filles-du-Calvaire, o también el circo Molier (circo aficionado), en 1880, sito rue de Benouville, y más tarde le Nouveau Cirque, rue Saint-Honoré, en febrero de 1886. El circo, en estas primeras décadas del siglo XIX se instaló, se singularizó. Así en 1868, con su Clown au cirque [Musée Kröller-Müller, Otterlo, Países Bajos] Pierre-Auguste Renoir se apoderó de ese personaje a quien hemos tomado como hilo conductor. Se encuentra en el centro de esta pista de circo al mismo nivel que la mirada de los espectadores, ese público nuevo, a quien el pintor representa también. Podríamos decir que el cuadro y el motivo “están establecidos”. En 1901-1902, Renoir representaba a un Pierrot blanco [Detroit Institut of Arts, Detroit] en su traje blanco, de pie, ocupando todo el espacio de la tela. Podemos situar toda la constitución del motivo y la representación impresionista de este personaje, hoy en día familiar. Mientras tanto, el circo se volvió uno de los temas de predilección de los artistas.

En 1879, Renoir representó a sus Acrobates au cirque Fernando (Francisca et Angelina Wartenberg) [Art Institut of Chicago, Chicago]. El circo Fernando, construido en 1875 sobre el bulevar de Rochechouart, recibió a este nuevo público compuesto por burgueses, artistas y clases populares. Toulouse-Lautrec sería un habitué del mismo, fascinado por los números de los payasos, de los acróbatas, de las jinetas. Allí encontraría nuevas fuentes de inspiración para sus personajes, actitudes, trabajo del trazo y del color: Au cirque Fernando: écuyère (1887-1888) [Art Institut of Chicago, Chicago]. Pero Toulouse-Lautrec también estará obsesionado por el payaso, y la payasa: La Clownesse Cha-U-Kao (1895) [Musée d’Orsay, París]. Personaje más singular, espléndido por su crudeza y soledad, espléndido en su desazón, que se asemeja a la de las figuras cruzadas en el Moulin-Rouge.

En 1897, el circo Fernando se convirtió en el circo Medrano. Un lugar mítico nació, “verdadero reino del arte moderno”. El arte y el circo marcaron una unión fértil. Bodas que unieron la vanguardia y el entretenimiento de la vida moderna - en tela de fondo, con la presencia de este mundo marginal, del disfraz, de los posibles infinitos, de lo increíble, de la ilusión y el drama. El circo y su pista se convirtieron en paisajes de la modernidad artística, se declinaron en las experimentaciones formales del puntillismo, el divisionismo, el postimpresionismo, los Nabís, el cubismo, el fovismo… Se trata de Edgar Degas (Miss La La au cirque Fernando, 1879 [National Gallery, Londres]), Georges Seurat con Le Cirque, 1891 [Musée d’Orsay, París] y su amazona revoloteándose, su Parade (ou la Foire), 1892, [colección particular], Fernand Léger que explorará y trabajará este tema continuamente hasta el final de su vida en 1955 (Le Cirque Medrano, 1918 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París] ; Les Acrobates en gris, 1942-44 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París] ; L’Acrobate et sa partenaire, 1948 [Tate Britain, Londres] ; La Grande Parade, 1954 [The Salomon R. Guggenheim Museum, Nueva york]), Pablo Picasso (en la obra de quien ya destacamos la importancia de este tema). También Georges Rouault y un universo crístico del circo como metáfora del sufrimiento de la condición humana (Cirque La Parade), 1905 [Musée d’Art moderne de la Ville de Paris, París] ; Pierrot sur fond vert et rose, 1932 [Musée national d’art moderne, Centre Georges Pompidou, París] ; Songe creux, 1946 [Musée national d’art moderne, Centre Georges Pompidou, París]), Marc Chagall cuyas figuras circenses entran en simbiosis con el imaginario íntimo y las preocupaciones políticas del artista  [L’Acrobate, 1930 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París] ; Le Cirque bleu, 1950 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París] ; Le Cirque sur fond noir, 1967 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París], Alexander Calder quien durante sus años parisinos, de 1926 a 1933, frecuentó con constancia el circo Medrano y realizó sus finas esculturas en hilo metálico y sobre todo, su asombroso circo miniatura móvil (Cirque Calder, 1926-1931 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París]), Raoul Dufy (Acrobates sur un cheval de cirque, 1934 [Musée national d’Art moderne, Centre Georges Pompidou, París], y sobre todo Jean Dufy, su hermano, gran aficionado y experto del circo, que produjo y coleccionó de 1920 a 1950 gran cantidad de cuadros y acuarelas que restituyeron la fantasía colorida, de ensueño, del espacio circense (Le Cirque, 1927 [colección particular] ; L’Écuyère, 1928 [colección particular] ; La Fil-de-fériste à l’ombrelle, 1937-1939 [colección particular] ; Clowns musiciens, tema recurrente, hasta 1958 [colección particular])…

 

Regreso ambivalente de la figura del payaso en el arte contemporáneo

Modernidad, o modernidades en plural, para resumir las formas múltiples que el tema circense conoce y permite durante todo este período. El payaso blanco de Edward Hopper con quien el artista se identifica, se disuelve en las tragedias del siglo. El circo deja la escena artística en los años 1960-1970… Momento contemporáneo… Es también a través de la figura del payaso, con la que algunos artistas de hoy en día – por otra filiación que Didier Ottinger, en su artículo Le Cirque de la cruauté. Portrait du clown contemporain en Sisyphe (en el catálogo de La Grande Parade, ibidem, p. 35), remite, no ya al Gilles y los Pierrots tristes, pero a los “Hanlon-Lee, seis hermanos de origen irlandés, que a través de bofetadas sonoras y acrobacias erráticas, revolucionaron el arte del clown, tornando obsoleta casi instantáneamente, la pantomima y su arte del silencio” – se acercan a la figura del circo. Y porque una vez más, esta figura, en su polisemia, permite cuestionar las identidades, los estereotipos, este “payaso contemporáneo” que es puesto en escena por artistas americanos como Bruce Nauman (Torture de clowns (nuit sombre et venteuse avec rire), 1987 [collection Barbara Balkin Cottle y Robert Cottle]) o Paul McCarthy (Peintre, 1995 [Musée des Beaux-Arts du Canada, Ottawa] en sus fotografías, vídeos o instalaciones, performances del final de los años 1960 y de los años 1970-1980, le sirve de vector de crítica del modelo modernista en su formato conceptual y minimalista, por como se impone en la escena artística. Una vez más, es vector de una “inversión de los valores”. Es un realismo expresivo que actúa el grotesco, la sexualidad exhibida, que muestra la sociedad del espectáculo y el consumo de masa. Cuestionamiento de las identidades que hallamos con Cindy Sherman, cuando realizó, entre otras obras, a principios de los años 2000, una serie fotográfica (sin título n°411, 2003 [Metro Picture, Nueva york]) dónde, trabajando la imagen de sí misma y del disfraz, realizó su autorretrato travestida en payaso. Un payaso que bajo su pesada máscara sobrecargada de colores y con una mueca, lleva la tristeza y la melancolía del retrato de Soir bleu. Este paisaje de las identidades móviles y andróginas se despliega con las series Cabinet of et Clowndoubt (2001) del artista Roni Horn. Retratos fotográficos recortados luego recompuestos, tornando la imagen borrosa, al parecer ilegible, pero perfectamente sensible a las variaciones de expresividad. La duda, el desconcierto son lo contemporáneo. De Gilles de Watteau al payaso triste de Hopper, al grotesco de Nauman, Horn toma y deshace para recomponer un paisaje ambivalente. Las relaciones de las formas circenses con las formas plásticas se colocan seguramente siempre sobre este método de las inversiones y experiencias a la vez formales y sensibles. En la actualidad, el arte contemporáneo está cada vez más comprometido con las formas de la performance. O con nuevos protocolos de la performance, después del momento histórico de los años 1960-1970. Sin lugar a duda, la escritura que vendrá con una nueva historia de concomitancias… 

El arte de la línea

por Pascal Jacob

 

En Occidente, el período románico reveló con agudeza la apropiación simbólica del cuerpo del acróbata, ampliamente representada en la estatuaria sagrada. Tallado sobre numerosos canecillos, simbolizaba la etapa última de la espiritualización, busto y cara dirigidos hacia el cielo.

Una de las representaciones más famosas es la de la iglesia de Aulnay en Charente-Maritime, donde la desnudez del acróbata estigmatiza su fragilidad y refuerza la impresión de esfuerzo a realizar para adquirir la pureza interior necesaria para lograr el vuelco, es decir, su paso del estado de pagano al de cristiano. En Loizé, un pequeño municipio de Deux-Sèvres, el pórtico de la iglesia cobija a un bello acróbata sujetado y protegido por un socio barbudo, representando aparentemente a un sabio, y es también una conmovedora evocación del gesto secular que consiste en detener la caída eventual…
Símbolos de progreso, renacimiento y transición o figuras paradójicamente sugestivas con características demoníacas, estas siluetas trabajadas en la piedra, la toba, el mármol o la caliza, hacen referencia a la fascinación experimentada por el común de los mortales por lo extraño y lo sobrenatural. La flexibilidad vinculada a la figura del vuelco obsesiona todos los períodos del arte y refleja esta propensión a mezclar cuerpo y alma en una representación simbólica de la distorsión o la elevación mística.

Arte funerario

Las fosas de Xi' an, un extraño recinto preservado en el corazón de China, donde reside desde el siglo III antes de nuestra era, un inmenso ejército trabajado por cientos de escultores escrupulosos que consiguieron dar a las siluetas de los soldados tantos detalles imperceptibles que permiten diferenciarlos y darles un extraordinario toque de vida, revelaron recientemente, con motivo de nuevas excavaciones, junto a los soldados de infantería y jinetes, la presencia de un pequeño grupo de acróbatas, bailarinas y músicos.
Estos cuerpos tallados, captados en medio de la realización de un gesto o de una postura acrobática, poseen el mismo significado que las frágiles estatuillas de arcilla enterradas en las sepulturas de los Han. Destinadas a suplantar a los cadáveres de los miembros del entorno del difunto, tradicionalmente inmolados en su honor, estas siluetas delicadamente trabajadas personifican los placeres de la existencia y acompañan simbólicamente al difunto en el más allá para seguir sirviéndolo y distrayéndolo. Este truco de substitución, fenomenal progreso en la historia de los cultos y los ritos, genera de manera implícita un extraordinario surgimiento de obras de arte. Originariamente piezas funerarias, estos objetos van a adquirir progresivamente un estatuto artístico y van a imponerse como los reflejos plásticos de tiempos sucesivos. Contorsionistas etruscos o egipcios, acróbatas romanos o chinos, estas siluetas sutilmente cinceladas o apenas esbozadas, fueron los primeros parámetros de la historia de la representación acrobática. Una aventura artística intensa, teñida con un toque de magia y con mucha fuerza.

Más allá de las líneas

Cuando Pablo Picasso (1881-1973) y Henri Matisse (1869-1954), sintetizaron a su vez, la potencia y la sinuosidad del cuerpo acrobático en una línea, tradujeron con simplicidad, más allá de la pureza del trazo, esta inscripción del gesto y la distorsión en el espacio de la representación. Sobriamente colocados sobre un fondo neutro, sus acróbatas llenan la superficie de la tela, chocando casi con sus límites y transmiten en una larga curva controlada, hasta qué punto la flexibilidad física concuerda con la búsqueda plástica. La acrobacia es el cimiento del circo y su práctica corresponde a la del dibujo para el pintor o el escultor. Como en un lenguaje, cada gesto, cada postura encaja con un fragmento de alfabeto, indispensable para la escritura de una frase o de una secuencia.
Picasso y Matisse declinaron sin descanso la manipulación fabulosa, mística, del cuerpo del acróbata, hasta su versión más depurada, hasta la línea que se extiende sin fin, entre huella y memoria viva de todos los impulsos, de todas las figuras que impregnan la historia de una disciplina que trasciende a la luz de una práctica milenaria, bajo forma de arte intuitivo impregnado de referencias a lo sagrado. Si bien sus rastros más antiguos provienen de la paleontología, varias culturas antiguas valorizaron vuelco y distorsión para ilustrar renacimiento y transición, pasaje y transfiguración, deslizamiento de las tinieblas hacia la luz. El cuerpo es aquí imagen y vector: permite sobre todo significar con eficacia la dualidad necesaria entre el mundo de los muertos y el de los vivos.
Los acróbatas de Pablo Picasso son, a menudo, representados en reposo, saltimbanquis liberados de la gravedad, trazados de una mano, a la vez segura y admirativa, testigos de una fascinación por un mundo al margen, que nunca ha dejado de cruzar una obra proteiforme. La figura del titiritero, del funámbulo, del malabarista y del payaso fueron cuestionadas y trascendidas por Jean Starobinski en su Portrait de l’artiste en saltimbanque, Les Odes Funambulesques de Théodore de Banville o Le Funambule de Jean Genet, contrapuntos literarios y poéticos de las creaciones plásticas de sus contemporáneos.

Filiaciones

Como Pablo Picasso y Henri Matisse, Georges Rouault (1871-1958), Raoul Dufy (1877-1953) y su hermano Jean (1888-1964), Fernand Léger (1881-1955), Marc Chagall (1887-1985), Otto Dix (1891-1969), André Derain (1880-1954), Marcel Vertès (1895-1961), Kees Van Dongen (1877-1968), Oskar Kokoshka (1886-1980), entre muchos otros, gustaron del circo, de sus trapecistas, sus jinetas y de sus payasos. Confeccionaron un vocabulario ilustrado de cuerpos potentes, inscriptos en el papel o en la tela como múltiples parámetros de la memoria, para traducir un repertorio de formas puras, estilizadas o abstractas. Antes de ellos, Victor Adam o Carle Vernet apreciaron la gracia y la elegancia de los jinetes y jinetas, produciendo telas e ilustraciones, espejos de la equitación espectacular de aquel tiempo.
Pintor, ilustrador y escultor, Gustave Doré (1832-1883) también exploró el tema de los saltimbanquis, en particular, a partir de una composición magistral, L’enfant blessé , esbozada en 1853 y retomada en 1873 y 1874 con sutiles variaciones tal como lo demuestran las versiones conservadas en el Musée d’art Roger-Quilliot de Clermont-Ferrand y en el Denver Art Museum. En estas describió el desamparo de un mundo marginado cuando se enfrenta al destino más oscuro, agregando símbolos fuertes a su tela, a imagen de las cartas y del búho, pero también la convierte en una obra de características sagradas, al sugerir a una pietà gitana, jugando con una arquitectura de diagonales para crear a la vez profundidad y dinamismo. En 1870, pinta un autorretrato sorprendente dónde aparece en pierrot, un personaje ambivalente que anuncia en una inquietante síntesis, a la vez el augusto victimizado y el payaso con una máscara pálida y desconcertante.

Otra mirada

Edgar Degas (1834-1917), Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901) y Jean-Louis Forain (1852-1931), pero también Henri Gabriel Ibels (1867-1936), Nabí de la primera hora, Charles Dufresne (1876-1938), Edmond Heuzé (1884-1967), quien realizó innumerables obras sobre los Fratellini o Joseph B. Faverot (1862-1946) – alumno del pintor y escultor Jean-Léon Gerome –, autor de la imponente tela que adornaba el control del Circo Medrano, apreciaron la potencia de los cuerpos en movimiento sobre la pista de los circos parisinos. Los integraron en numerosas composiciones, constituyendo así un repertorio visual fundamental para la comprensión de los espectáculos de aquel tiempo. Los cinceles de Bernard Naudin (1876-1946), de Edgar Chahine (1874-1945) y de Auguste Brouet (1872-1941) grabaron a numerosos acróbatas, en particular, para ilustrar Le Bachelier de Jules Vallès (1879), les Fêtes Foraines de Gabriel Mourey en su edición de lujo (1927) o Les Frères Zemganno de Edmond de Goncourt (1879).
El cuerpo del acróbata, la potencia de los caballos, la destreza de las fieras ejercieron una fascinación inagotable sobre los artistas, ya fueran pintores, escultores, fotógrafos o músicos. La Boutique Fantasque de Gioacchino Rossini y Parade de Erik Satie responden a Lulu de Frank Wedekind y Alban Berg: suite orquestal u ópera, estas obras implican figuras de acróbatas y combinan el encanto y la energía que puede caracterizar el dinamismo de los equilibristas o payasos.

 

 

Inventada en las primeras décadas del siglo XIX, la fotografía, literalmente “dibujo con luz”, acompañó las mutaciones del tiempo y contribuyó a fijar varias de sus más notables invenciones. Sin suplantar completamente a la pintura, la fotografía dio cuenta sin embargo del poder de evocación de los hombres, de los paisajes y de los lugares: el circo se convirtió muy rápidamente en un tema de interés a la vez pictórico y comercial. La Biblioteca nacional de Francia conserva, en particular, una serie de retratos de Jules Léotard, el creador de la Course aux trapèzes en 1859, un testimonio a la vez plástico e histórico, que es a la vez, documento publicitario y gesto artístico.
La evolución técnica va a permitir captar el movimiento, fijar la acción con precisión y ofrecer así a los fotógrafos un campo de exploración inagotable. A partir de los primeros años del siglo XX, payasos, acróbatas y jinetes, y también carpas, escenas de vida, desfiles y campamentos, van a tomar vida en el objetivo de numerosos fotógrafos, fascinados por la mezcla de extrañeza y brillo que compone este universo singular. August Sander (1876-1964) incluye hombres y mujeres de circo, artistas y técnicos, en su famosa People of the 20th Century realizada en 1924, Otto Umbehr (1902-1980), fotoperiodista y artista plástico, capta al augusto de Grock en una serie de retratos impactantes mientras que Izis (1911-1980), Pierre Jahan (1909-2003) y Brassaï (1899-1984) se interesaron en la poesía de las bambalinas, trazando en blanco y negro líneas de fuerza conmovedoras de un mundo ya debilitado por el desarrollo de la sociedad moderna post Segunda Guerra Mundial. Paul de Cordon, François Tuefferd (1912-1996), Robert Doisneau (1912-1994), Philippe Cibille, Gilles Henri Polge o Christophe Raynaud de Lage, contemporáneos, fueron los continuadores y los herederos de una escuela francesa, defensores de una fotografía humanista, comprometida en dar cuenta de las realidades de un mundo en marcha y en poetizar sus momentos más asombrosos.

Instantáneas

En los Estados Unidos, Frederick Glasier (1866-1950) inmortalizó la vida cotidiana de los grandes circos viajeros, en particular el Sparks Circus y Ringling Bros. and Barnum & Bailey : abriendo la vía a una generación de fotógrafos que convertirían al circo en un tema de interés puntual o recurrente. Jill Freedman (1940 -), quien siguió en particular al Clyde Beatty and Cole Bros. Circus y su manada de elefantes, como pretexto para imágenes asombrosas, Paul Strand (1890-1976), Robert Frank (1924-), Bruce Davidson (1933-) o Diane Arbus (1923-1971) que mostraron interés por una comunidad al margen del American way of life y realizaron magníficos retratos a los cuales, el uso del blanco y negro les confiere una belleza singular. En sus series desarrolladas en torno a los pueblos de la India y de México, Mary Ellen Mark (1940-2015) intentó, en particular, captar la fragilidad de los jóvenes acróbatas, ya se tratase de equilibristas delgados de Chiapas o de frágiles contorsionistas nepaleses, junto a inmensos caravasares que recorrían territorios alejados donde reinventaban cada día los gestos milenarios para un público cautivado.
Pero procuraba también dar cuenta de los lazos que unían a los animales y a sus domadores, fotografiando monos, elefantes e hipopótamos convertidos en socios ejemplares de una comunidad improbable.
El blanco y negro concuerdan bien con estos juegos de luces y sombras para poder establecer un repertorio inmaterial basado en prácticas universales: las fotografías de Sara Moon (1939-) sugieren otras historias, otros encuentros, pero las fuentes, de París a San Petersburgo, son las mismas. Ben Hopper hace obra a partir del cuerpo de los acróbatas, delimitados sobre un fondo neutro, la piel cubierta de tierra, tiza o polen, con una intensidad impresionante.
Al igual que con las mandrágoras, contorsionistas fotografiados por Patrice Bouvier, donde los acróbatas presentaban la misma propensión a fundirse en el crisol simbólico de la dislocación visual. El cuerpo del contorsionista desnudo fotografiado por Albert Londe (1858-1917) alrededor del 1900 presenta una evaluación similar, una identificación sensible y evocadora de la determinación del cuerpo humano para hacer olvidar su aparente rigidez. El pintor Jules Garnier solicitó el trabajo del mismísimo Albert Londe para una serie de instantáneas fotográficas a partir de las cuales realizó algunas placas para la obra de Hugues Le Roux, Les Jeux du cirque et la vie foraine. El fotógrafo usó sus cámaras, más de 50 veces para la ocasión, para poder capturar “posiciones intermedias que el ojo no puede captar” y sólo seleccionó 7 placas sobre las 600 producidas… 

Cuerpo extremo

En la obra de Beckmann o de Louise Bourgeois, la distorsión del cuerpo fue llevada por momentos hasta la representación del arco de histeria definido por el profesor Charcot: ilustración gestual del desequilibrio por excelencia, la corvadura dorsal considerada en psiquiatría como la contrapartida simbólica de la melancolía: Alfred Kubin (1877-1959), Max Klinger (1857-1920) o Auguste Rodin (1840-1917) también declinaron con fuerza, ironía y precisión esta postura clásica del “puente”, encarnación espectacular de la figura de la inversión y guión gráfico y sensual entre metáfora y realidad en la realización de la proeza. A este juego elegante de la metáfora, artistas como Félicien Rops (1833-1898) o Gus Bofa (1883-1968) rivalizaron de virtuosismo gráfico para integrar a sus composiciones subversivas o desfasadas, a acróbatas con cuerpos flexibles y evocadores. El espacio consagrado a las artes decorativas entre las dos guerras, ofreció infinitas posibilidades de incorporación de formas estéticas muy diferentes, inspiradas, en particular, en el espectáculo en vivo y de una formidable exuberancia.
El Arte decorativo que triunfó a partir de 1925 afianzó sus temas de inspiración en un repertorio visual rico y dinámico, dondeel acróbata ocupaba un lugar asombroso. Es el caso por ejemplo, para el escultor de origen rumano Demeter Chiparus (1886-1947) quien creó elegantes estatuillas donde el bronce polícromo se mezclaba con el marfil. Las estatuillas criselefantinas se inspiraban tanto en la mitología y en la Antigüedad como en el deporte o la acrobacia: un pequeño grupo de malabaristas, de equilibristas, domadores, jinetes, payasos y acróbatas invadió los hogares burgueses, instalándose sobre credencias y pedestales y haciendo cohabitar el imaginario del circo con el cotidiano. Tallados en los dinteles de los armarios, envueltos en medallones de mármol, a la imagen de algunos elementos decorativos del metro de Moscú, las siluetas y personajes del circo enriquecieron también el repertorio de los objetos cotidianos y se convirtieron en encantadores soportes de lámparas, como los de la marca Pastor, así como también elegantes ornamentos para fragmentos de loza o cerámica producidas, en particular, por las fábricas de loza de Choisy, Gien o Creil y Montereau.

 

Aún hoy en día, los artistas siguen interrogando la figura del acróbata tal como es el caso de la joven artista plástica Manon Paquet quien pinta inmensas siluetas coloreadas, fragmentadas y ensambladas con alfileres sobre amplias superficies blancas. De las paredes de la caverna a la simplicidad de los cimacios, la fascinación permanece intacta.   

Aujourd’hui encore, les artistes continuent d’interroger la figure de l’acrobate à l’instar du sculpteur Philippe Arnault ou de la jeune plasticienne Manon Paquet qui peint d’immenses silhouettes colorées, fragmentées et assemblées par des épingles sur de larges surfaces blanches. Des parois de la caverne à la simplicité de la cimaise, la fascination est intacte. 

 

1. Cindy Sherman, serie Clowns, 2003-2004.
2. Bruce Nauman, Clown Torture, 1987.
3. Ugo Rondinone, serie If There were Anywhere but Desert, 2002.